PAZ, ESTABILIDAD Y LEGITIMACIÓN, 1990-2025/2050,
cuyo autor es Immanuel Wallerstein, es el segundo artículo del libro AFTER LIBERALISM, The New Press, New York, 1995
El período de 1990 a 2025/2050 será muy probablemente de poca paz, poca estabilidad y poca legitimación. Lo que se deberá en parte al declive de los Estados Unidos como potencia hegemónica del sistema-mundo. Pero sobre todo a la crisis del sistema-mundo como tal.
La hegemonía en el sistema-mundo significa por definición la existencia de una potencia cuya situación geopolítica le permite imponer una concatenación estable de la distribución social del poder. Éso lleva consigo un período de "paz", lo que significa en primer lugar la ausencia de lucha militar --no de cualquier forma de lucha militar, sino de la que se produce entre grandes potencias--. Un período de hegemonía requiere, y al mismo tiempo genera, "legitimación", entendiendo por tal la sensación por parte de los principales agentes políticos (incluyendo grupos amorfos como las "poblaciones" de varios Estados) de que el orden social existente es el mejor posible, o de que el mundo ("la historia") se mueve continua y rápidamente hacia ese orden social.
Tales períodos de hegemonía real, en los que la capacidad de la potencia hegemónica de imponer su voluntad y su "orden" sobre otras potencias no se ve sometida a amenazas serias, han sido relativamente poco duraderos en la historia del sistema-mundo moderno. En mi opinión, se han dado sólo tres casos: las Provincias Unidas a mediados del siglo XVII, el Reino Unido en el XIX, y los Estados Unidos a mediados del XX. Sus respectivas hegemonías, entendidas en el sentido anteriormente descrito, duraron de veinticinco a cincuenta años en cada caso (1).
Al final de cada uno de esos períodos, esto es, cuando la antigua potencia hegemónica se iba convirtiendo simplemente en una gran potencia entre otras (incluso si seguía siendo durante algún tiempo la más fuerte desde el punto de vista militar), el sistema perdía estabilidad y en consecuencia también perdía legitimación, lo que implica menos paz. En este sentido, el período actual, que sucede a la hegemonía de los U.S.A., no es esencialmente distinto a los que siguieron a la hegemonía británica durante el siglo XIX, o a la holandesa a mediados del XVII.
Pero si ésto fuera todo lo que pudiera decirse del período 1990-2025, o 1990-2050, o 1990-?, apenas valdría la pena discutir sobre ello, excepto a lo más como una cuestión de gestión técnica de un orden mundial inestable (que es precisamente como demasiados políticos, diplomáticos, profesores y periodistas lo tratan).
Hay, sin embargo, más, probablemente mucho más, en la dinámica del próximo medio siglo, poco más o menos, de gran desorden mundial. Las realidades geopolíticas del sistema interestatal no descansan exclusivamente, ni siquiera principalmente, sobre el rapport de forces militar entre el subconjunto privilegiado de Estados soberanos que llamamos grandes potencias --esos Estados suficientemente grandes y ricos que disponen de ingresos que les permiten desarrollar una capacidad militar seria.
En primer lugar, sólo algunos Estados son suficientemente ricos como para disponer de tal base recaudatoria, siendo esa riqueza más la fuente que la consecuencia de su fuerza militar, aunque evidentemente ese proceso se retroalimente. Y la riqueza de esos Estados con respecto a la de otros depende tanto de su tamaño como de la división del trabajo en la economía-mundo capitalista.
La economía-mundo capitalista es un sistema que implica una desigualdad jerárquica de la distribución basada en la concentración de ciertos tipos de producción (relativamente monopolizada, y por tanto con una elevada tasa de beneficio) en ciertas zonas limitadas, que se convierten así en atractores de la mayor acumulación de capital. Esa concentración permite el reforzamiento de las estructuras estatales, que a su vez tratan de garantizar la supervivencia de esos monopolios relativos. Pero como los monopolios son de por sí frágiles, se ha ido produciendo una constante, discontinua y limitada pero significativa relocalización de esos lugares de concentración a lo largo de toda la historia del sistema-mundo moderno.
Los mecanismos de cambio son los ritmos cíclicos, entre los que hay dos que tienen más repercusiones que otros: Los ciclos de Kondratieff duran aproximadamente de cincuenta a sesenta años; sus fases A reflejan esencialmente el lapso durante el que se pueden proteger monopolios económicos particularmente significativos; sus fases B son períodos de relocalización geográfica de producciones cuyos monopolios se han agotado, y de lucha por el control de los eventuales nuevos monopolios. Los ciclos hegemónicos, más largos, implican una lucha entre dos Estados de primer orden por convertirse en sucesor de la anterior potencia hegemónica y por tanto en centro principal de acumulación del capital. Se trata de un proceso largo, que al final requiere la fuerza militar suficiente para ganar una "guerra de treinta años". Una vez que se asienta una nueva hegemonía, su mantenimiento requiere fuerte financiación, lo que final e inevitablemente conduce a un declive relativo de la potencia hegemónica existente y a una nueva lucha por la sucesión.
Esa forma de reestructuración y recentramiento de la economía-mundo capitalista, lenta pero segura, ha sido muy eficaz. El ascenso y declive de las grandes potencias ha reproducido más o menos el mismo tipo de proceso que el ascenso y declive de las empresas: los monopolios se mantienen durante un tiempo, pero se ven a largo plazo socavados por las propias medidas adoptadas para sostenerlos. Las subsiguientes "bancarrotas" han servido como mecanismos de limpieza, liberando al sistema de los poderes cuyo dinamismo se ha agotado, y reemplazándolos con sangre más fresca. En el curso de ese proceso, las estructuras básicas del sistema han seguido siendo las mismas. Cada monopolio del poder se ha mantenido durante un período, pero al igual que los monopolios económicos, ha acabado viéndose socavado por las propias medidas adoptadas para mantenerlo.
Todos los sistemas (físicos, biológicos y sociales) dependen de los ritmos cíclicos para restaurar un mínimo equilibrio. La economía-mundo capitalista se ha mostrado como una robusta variedad de sistema histórico, y ha florecido, incluso con exuberancia, durante unos quinientos años, lo que es un período bastante largo para un sistema histórico. Pero los sistemas muestran tendencias permanentes al igual que ritmos cíclicos, y esas tendencias permanentes siempre exacerban las contradicciones (presentes en todos los sistemas). Llega un momento en que esas contradicciones se hacen tan agudas que conducen a fluctuaciones cada vez más amplias. Con el lenguaje científico actual, eso significa el surgimiento de una situación de caos (la brusca aparición de varios atractores en competencia, hacia los que el sistema se ve impelido con mayor o menor fuerza, perdiendo valor predictivo cuanto pueda deducirse de ecuaciones puramente deterministas), multiplicándose las bifurcaciones, aunque resulte impredecible el orden o el ritmo con que éstas se produzcan. De ahí surge, al restablecerse el equilibrio (es decir, cuando se impone sobre los demás uno de los atractores), un nuevo orden sistémico,
La cuestión es si el sistema histórico en el que vivimos, la economía-mundo capitalista, ha entrado, o está entrando, en un tiempo de "caos". Me propongo sopesar los argumentos, ofrecer algunas conjeturas acerca de las formas que puede adoptar ese "caos", y debatir las formas de acción que pueden ponerse en práctica.
NO VOY A DISCUTIR EN DETALLE LOS ELEMENTOS que considero reflejos "normales" de una fase Kondratieff B o de una fase hegemónica B; sólo los resumiré brevemente (2). Debería dejar claro, no obstante, que aunque un ciclo de hegemonía es mucho más largo que un ciclo de Kondratieff, el punto crítico del primero coincide siempre con el de un ciclo de Kondratieff (si bien abarca varios). En nuestro caso, ese momento tuvo lugar hacia 1967-73.
Los fenómenos sintomáticos de una fase B de Kondratieff son: el frenado del crecimiento en la producción, y normalmente un declive en la producción mundial per capita; un aumento de las tasas de paro entre los trabajadores asalariados; un desplazamiento relativo de las fuentes de beneficio, de la actividad productiva hacia ganancias derivadas de la especulación financiera; un aumento del endeudamiento de los Estados; la relocalización de "viejas" industrias en zonas con salarios más bajos; un aumento de los gastos militares, cuya justificación no es verdaderamente militar, sino anticíclica, tratando de hacer crecer la demanda; caída de los salarios reales en la economía regulada, y expansión de la subterránea; descenso de la producción de alimentos de bajo coste; creciente "ilegalización" de las migraciones interzonales.
Todo ésto, como he dicho, me parece que era "normal" e históricamente esperable. Lo que ahora tendría que suceder, en el proceso cíclico "normal", es el ascenso de las estructuras de reemplazo. Deberíamos entrar, en el plazo de cinco a diez años, en una nueva fase A de Kondratieff, basada en nuevos productos monopolizados de vanguardia, concentrados en nuevos lugares. Japón sería el más obvio, Europa Occidental el segundo, y los Estados Unidos el tercero (pero un tercero a muy larga distancia, como podríamos probar).
También deberíamos asistir al comienzo de una nueva lucha por la hegemonía. Conforme se desmorona la posición de los Estados Unidos, lenta pero visiblemente, dos aspirantes a sucesor deberían ir ejercitando sus músculos. En la situación actual, sólo podrán ser Japón y la Unión Europea. Siguiendo el modelo de las dos sucesiones anteriores --Inglaterra contra Francia para suceder a los holandeses, y los Estados Unidos contra Alemania para suceder a Gran Bretaña-- en teoría deberíamos esperar, no inmediatamente, pero sí en los próximos cincuenta o setenta y cinco años, que la potencia en el aire y en el mar, Japón, transformara a la potencia hegemónica anterior, los Estados Unidos, en un socio menor, y comenzara a competir con la potencia terrestre, la U. E. Esa lucha debería culminar en una "guerra (mundial) de treinta años", con el posible triunfo de Japón.
Debo decir inmediatamente que no espero que eso ocurra, o al menos no del todo. Creo que ambos procesos de reorganización --el del sistema de producción a escala mundial y el de la distribución del poder a escala mundial-- ya han comenzado, en la dirección del modelo "tradicional" (o "normal", o previo). Pero espero que el proceso se vea interrumpido o desviado debido a la entrada en escena de nuevos procesos o vectores.
Para llevar a cabo un análisis cuidadoso, creo que necesitamos tres referencias temporales diferentes: los próximos pocos años, los siguientes veinticinco o treinta, y el período posterior.
La situación en que nos encontramos a mediados de la década de los 90 es bastante "normal". No es todavía lo que yo llamaría "caótica", sino más bien la subfase final aguda (o el momento culminante) de la actual fase B de Kondratieff --comparable a 1932-39, ó 1893-97, ó 1842-49, ó 1786-92, etc. Los niveles mundiales de desempleo son altos, y las tasas de ganancia bajas. Hay gran inestabilidad financiera, que se refleja en el agudo y justificado nerviosismo del mercado financiero acerca de las fluctuaciones a corto plazo. La mayor inestabilidad social refleja la incapacidad política de los gobiernos para ofrecer soluciones plausibles a corto plazo y por tanto una incapacidad para volver a crear una sensación de seguridad. Tanto la búsqueda de un chivo expiatorio como el empobrecimiento del vecino se hacen políticamente más atractivos para los Estados en situaciones en las que los acostumbrados remedios de ajuste parecen ofrecer poco alivio, al menos instantáneo.
En el curso de ese proceso, gran número de empresas individuales están reduciendo sus actividad, reestructurándose o quebrando, en muchos caso sin perspectivas de volver a abrir. Grupos particulares de obreros y empresarios saldrán definitivamente perdedores de la batalla. Aunque todos los Estados sufrirán la crisis, el grado de sufrimiento variará enormemente. Al final del proceso, algunos Estados habrán crecido, y otros habrán encogido, en cuanto a su fuerza económica relativa.
En tales circunstancias, las grandes potencias se ven a menudo paralizadas militarmente, debido a una combinación de inestabilidad política interna, dificultades financieras (con la consiguiente renuencia a aumentar los gastos militares), y concentración en los dilemas económicos inmediatos (lo que hace más popular el aislacionismo). La respuesta mundial a la guerra desatada cuando colapsó Yugoslavia es un típico ejemplo de esa parálisis. Y ésto, insisto, es "normal", o sea, parte de los modelos esperables de funcionamiento de la economía-mundo capitalista.
Normalmente, deberíamos llegar después a un período de recuperación. Tras sacudirse los desechos (tanto del consumo de lujo como del descuido ecológico) y las ineficiencias (ya sean tratos de favor no rentables, contratos de trabajo con demasiadas obligaciones anejas, o rigideces burocráticas), debería llegar un nuevo impulso dinámico, lean and mean??, de nuevas industrias de punta monopolizadas y nuevos segmentos de compradores a escala mundial, capaces de aumentar la demanda total efectiva; en resumen, expansión renovada de la economía-mundo hacia una nueva época de "prosperidad".
Los tres centros, como ya he expuesto y es ampliamente reconocido, serán los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. Los primeros diez años o así de esa nueva fase A de Kondratieff contemplarán sin duda una aguda competencia entre esos tres centros que intentarán sacar ventaja para su particular variación en el producto. Como Brian Arthur ha ido mostrando en sus trabajos, qué variante particular gane tiene poco o nada que ver con la eficacia técnica, dependiendo ante todo de las relaciones de poder (3). Se podría añadir la persuasión al poder, sólo que en esas circunstancias la persuasión también depende en gran medida del poder.
El poder del que estoy hablando es ante todo poder económico, pero éste se ve respaldado por el poder estatal. Naturalmente se trata de un circuito retroalimentado. Un poco de poder lleva a un poco de persuasión, lo que crea más poder, y así sucesivamente. Para cada país, es cuestión de impulsarse a sí mismo en la corriente y avanzar con ella. En algún punto, se supera cierto umbral; los productos "Beta" pierden, y aparece un monopolio "VHS". Mi apuesta es simple: Japón tendrá más "VHS" que la UE, y los empresarios norteamericanos cerrarán tratos con los japoneses a fin de reservarse una porción de la tarta.
Lo que los empresarios norteamericanos obtendrán de tales acuerdos, si se dedican a ello con empeño en los años, digamos, entre el 2000 y el 2010, es absolutamente obvio: no quedar al margen de la corriente. Lo que obtendrá Japón es igualmente obvio, especialmente tres cosas: 1) Si los Estados Unidos son su socio, no serán su oponente; 2) los Estados Unidos serán todavía la potencia militar más fuerte, y Japón, por muchas razones (su historia reciente y el impacto de ésta sobre la política interna y la diplomacia regional, más las ventajas económicas de un gasto militar reducido) preferirá apoyarse en el bastión militar norteamericano durante algún tiempo más; 3) Los estados Unidos poseen todavía la mejor estructura en I + D de la economía-mundo, aunque esa ventaja tiende a desaparecer. Las empresas japonesas reducirán costes haciendo uso de esa estructura.
Enfrentado a esa gran alianza económica, los miembros de la UE dejarán a un lado sus querellas, si es que no lo han hecho ya. La UE está incorporando a los países de la EFTA, pero no lo hará con los de la Europa central y oriental (excepto quizá en un área limitada de libre comercio, parecida posiblemente a la relación que los Estados Unidos han establecido con México en la NAFTA).
Europa (esto es, la UE) constituirá el segundo megalito económico y será un serio competidor del condominio nipo-norteamericano. El resto del mundo se relacionará con las dos zonas de ese mundo bipolar de formas muy variadas. Desde el punto de vista de los centros económicos de poder, habrá tres factores cruciales a considerar para determinar la importancia de esos países: el grado en que sus industrias sean esenciales u óptimas para el funcionamiento de las cadenas de producción clave; el grado en que esos países particulares sean esenciales u óptimos para el mantenimiento de una demanda efectiva adecuada para los sectores de producción más provechosos; el grado en que esos países particulares sirvan a las necesidades estratégicas (localización y/o poder geomilitar, materias primas clave, etc.).
Los dos países todavía no integrados significativa o suficientemente en las dos redes que se están creando, pero esenciales por las tres razones antes mencionadas, serán China para el eje nipo-norteamericano, y Rusia para la UE. Para que esos dos países se integren adecuadamente, tendrán que mantener (o en el caso de Rusia, lograr) cierto nivel de estabilidad interna y legitimación. Si podrán o no hacerlo, quizá con la ayuda de las partes interesadas, es todavía hoy una cuestión abierta, pero creo que sus probabilidades son moderadamente favorables.
Supongamos que ese panorama sea correcto: el surgimiento de una economía-mundo bipolar con China como parte de un polo nipo-norteamericano, y Rusia como parte de un polo europeo. Supongamos también que se produce una nueva y larga, incluso muy larga expansión de la economía-mundo desde el año 2000 hasta el 2025 o así, sobre la base de nuevas industrias de punta monopolizadas. ¿Qué podemos esperar entonces? ¿Tendríamos una repetición del período 1945-1967/73, los "trente glorieuses" de prosperidad mundial, paz relativa, y sobre todo, elevado optimismo de cara al futuro? Me temo mucho que no.
Habrá varias diferencias evidentes: La primera y más obvia es que nos encontraremos en un sistema-mundo bipolar, no unipolar. La caracterización del sistema-mundo entre 1945 y 1990 como unipolar no es una opinión muy extendida, y contradice la autodesignación del mundo como el de una "guerra fría" entre dos superpotencias. Pero como esa guerra fría se basaba en un compromiso entre ambos antagonistas de que el equilibrio geopolítico se mantendría congelado, y como (pese a todas las declaraciones públicas de conflicto) esa congelación geopolítica nunca se vio significativamente violada por ninguno de ellos, prefiero considerarlo como un conflicto más aparente que real (y por tanto extremadamente limitado). En realidad, eran los que tomaban las decisiones en Washington los que mantenían el control de la situación, y sus homólogos soviéticos tuvieron que sentir el peso de esa dura realidad una y otra vez.
Por el contrario, en los años 2000-2025, no creo que el condominio Japón/Estados Unidos ni la UE tengan en sus manos un control absoluto. Su poder económico y geopolítico estará demasiado equilibrado. En cuestiones tan elementales y poco decisivas como los organismos interestatales, no habrá una mayoría automática, ni siquiera fácil. Evidentemente, puede que haya muy pocos elementos ideológicos en esa confrontación, y que ésta se base casi exclusivamente en los intereses materiales. Pero éso no hará menos agudo el conflicto; de hecho, será más difícil llegar a componendas meramente simbólicas. Conforme el conflicto se haga menos político en sus formas, puede hacerse cada vez más mafioso.
La segunda diferencia importante deriva del hecho de que el esfuerzo mundial de financiación e inversión durante los años 2000-2025 puede concentrarse en China y Rusia en un grado comparable a la concentración de inversiones en Europa Occidental y Japón en los años 1945-1967/73. Pero éso significará que la cantidad disponible para el resto del mundo será diferente en 2000-2025 que en 1945-1967/73. En 1945-1967/73, prácticamente la única "vieja" zona en la que se mantuvo una inversión continua fueron los Estados Unidos. En 2000-2025, la inversión continua tendrá que cubrir los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón (y algunos otros países como Canadá y Corea). La cuestión es entonces: tras la inversión en las áreas "viejas" más las "nuevas", ¿cuánto quedará (si es que queda algo) para el resto del mundo? La respuesta será, seguramente: mucho menos que en el período 1945-1967/73.
Ésto se traducirá a su vez en una situación muy diferente para los países del "Sur" (se defina éste como se defina). Mientras que en 1945-1967/73 el Sur se benefició de la expansión de la economía-mundo, al menos de sus migajas, en 2000-2025 existe el riesgo de que no haya ni siquiera migajas. De hecho, la actual desinversión (correspondiente a la fase B de Kondratieff) en la mayor parte del Sur puede continuar, en lugar de invertirse en la próxima fase A. Pero las demandas económicas del Sur no serán menores, sino mayores. Por la sencilla razón de que la conciencia de la prosperidad de las zonas del centro y la amplitud de la distancia entre el Norte y el Sur es mayor actualmente que hace cincuenta años.
La tercera diferencia tiene que ver con la demografía. La población mundial sigue, por el momento, los mismos patrones básicos que en los últimos dos siglos. Por un lado, sigue creciendo a escala mundial, impelida ante todo por el hecho de que, para los cinco sextos más pobres de la población mundial, las tasas de mortalidad han venido disminuyendo (por razones tecnológicas) mientras que las tasas de nacimientos no han disminuido tanto (debido a la ausencia de un incentivo socioeconómico suficiente). Por otro lado, el porcentaje de la población mundial en las regiones ricas del mundo ha venido decreciendo, a pesar del hecho de que la disminución de su tasa de mortalidad ha sido mucho más acusado que el de las regiones pobres, debido al descenso aún mayor de su tasa de nacimientos (principalmente como forma de optimizar la situación socioeconómica de las familias de clase media).
Esa combinación ha creado una distancia demográfica paralela (o incluso mayor) a la distancia económica Norte-Sur. Evidentemente, esa distancia ya existía en 1945-1967/73. Pero era menor entonces debido a la pervivencia de barreras culturales en el Norte a la limitación de la tasa de nacimientos. Esas barreras están desapareciendo rápidamente, precisamente a partir del período 1945-1967/73. Las cifras demográficas de los años 2000-2025 reflejarán sin duda con mayor agudeza esa disparidad en las prácticas sociales.
La respuesta que cabe esperar es una auténtica presión masiva inmigrante desde el Sur hacia el Norte. El empuje vendrá claramente de allí, no sólo de los dispuestos a aceptar empleos urbanos mal pagados, sino también, y más aún, de la porción significativamente creciente de personas en el Sur con cierto nivel de aprendizaje y educación. Habrá también un mayor tirón que ahora, precisamente a causa de la escisión bipolar en las zonas del centro, y de la consiguiente presión que obligará a los empresarios a reducir costes empleando a inmigrantes (no sólo como personal no especializado, sino también como cuadros de nivel medio).
Habrá, desde luego (como ya empieza a producirse) una reacción social aguda en el Norte --una demanda de legislación más represiva para limitar la entrada y los derechos sociopolíticos de los que la consigan). El resultado puede ser el peor de todos los compromisos de facto: la incapacidad de impedir efectivamente la entrada de inmigrantes, combinada con la capacidad de mantenerlos en un estatus político de segundo orden. Eso implicaría que hacia el 2025, en Norteamérica, Europa Occidental y (también) Japón, la población socialmente definida por su origen "sureño" bien puede alcanzar de un 25 a un 50 %, y más aún en ciertas subregiones y grandes ciudades. Pero como muchas (quizá la mayoría) de esas personas no tendrán derecho de voto (y quizá sólo un acceso limitado, cuando más, a las ayudas y seguridad sociales), se establecerá una elevada correlación entre los que ocupan los puestos de trabajo urbanos peor pagados (y la urbanización habrá alcanzado para entonces nuevas cotas) y los privados de derechos políticos (y sociales), Fue ese tipo de situación en Gran Bretaña y Francia en la primera mitad del siglo XIX la que llevó a los bien fundados miedos de que las llamadas clases peligrosas prendieran fuego al edificio. En aquel momento, los países industrializados inventaron el Estado liberal para superar ese peligro, concediendo el derecho al voto y ofreciendo subsidios y protección social (lo que más tarde se llamó Estado del Bienestar) para aplacar a las clases plebeyas. En el 2030, Europa Occidental/Norteamérica/Japón pueden encontrarse en una situación parecida a la de Gran Bretaña y Francia en 1830; ¿"la segunda vez como farsa"?
La cuarta diferencia entre la prosperidad que reinó entre 1945 y 1967/73 y la que podemos esperar entre los años 2000 y 2025 tiene que ver con la situación de las capas medias en las zonas del centro. Ésas fueron las mayores beneficiarias del período 1945-1967/73. Su número creció espectacularmente, tanto en términos absolutos como relativos. Su nivel de vida también creció espectacularmente, al igual que lo hizo el porcentaje de puestos definidos como "de nivel medio". Las capas medias se convirtieron en un pilar importante para la estabilidad de los sistemas políticos, y constituyeron de hecho un pilar muy robusto. Además, los trabajadores especializados, la capa económica inmediatamente inferior, llegó a soñar con incorporarse a esas capas medias, mediante los incrementos salariales cocinados por los sindicatos, la educación de sus hijos y las ayudas gubernamentales para mejorar su nivel de vida.
El precio a pagar por esa expansión fue, obviamente, un aumento significativo de los costes de producción, una inflación permanente, y una contracción seria de la acumulación de capital. La actual fase B de Kondratieff está generando consiguientemente serias preocupaciones acerca de la "competitividad" y de las cargas fiscales del Estado. Esas preocupaciones no disminuirán, sino que de hecho crecerán, en una fase A en la que haya dos polos de crecimiento enfrentados. Lo que se puede esperar por tanto es un esfuerzo continuado por reducir, absoluta y relativamente, el porcentaje de las capas medias en los procesos de producción (incluyendo las industrias de servicios). También se mantendrá la tendencia actual a reducir los presupuestos estatales, una tendencia que amenaza eventualmente a la mayoría de los componentes de esas capas medias.
Las consecuencias políticas de esa presión sobre las capas medias serán muy graves. Educadas, acostumbradas al confort, las capas medias amenazadas con el desclasamiento no aceptarán pasivamente una regresión en su estatus e ingresos. Ya las vimos enseñar los dientes durante la revolución mundial de 1968. Para aplacarlas, entre 1970 y 1985 se les hicieron numerosas concesiones económicas, cuyo precio se está pagando ahora, y esas concesiones resultarán difíciles de renovar, en la medida en que eso afectaría a la lucha económica entre la UE y el condominio Japón/Norteamérica. En cualquier caso, la economía-mundo capitalista se enfrentará al dilema inmediato de tener que limitar la acumulación de capital o sufrir la rebelión político-económica de las antiguas capas medias; será, sin duda, una elección amarga.
La quinta diferencia se hallará en las dificultades ecológicas. Los empresarios capitalistas han estado viviendo de la externalización de los costes desde el comienzo de este sistema histórico. Uno de los principales costes externalizados ha sido el de la renovación de la base ecológica de una producción global continuamente expandida. Como los empresarios no renovaban esa base ecológica y no existía un gobierno (mundial) capaz de recaudar impuestos que pudieran dedicarse a ese objeto, la base ecológica de la economía-mundo se ha visto constantemente reducida. La última y mayor expansión de la economía-mundo, desde 1945 hasta 1967/73, abusó del margen remanente, lo que ha dado lugar a los movimientos verdes y a la preocupación planetaria por el entorno.
La expansión del período 2000-2025 se hallará pues privada de la necesaria base ecológica. Pueden producirse tres consecuencias diferentes: Aborto de la expansión, con el consiguiente colapso político del sistema-mundo. Explotación de la base ecológica más allá de lo que la Tierra puede aguantar, con las consiguientes catástrofes como el calentamiento global ya iniciado. O aceptación consciente de los costes sociales de la limpieza, limitación de uso y regeneración del entorno.
Si se elige colectivamente la tercera de esas vías, que es la menos directamente dañina, creará una tensión inmediata en el funcionamiento del sistema-mundo. O bien la limpieza se hace a expensas del Sur, haciendo con ello todavía más aguda la disparidad con el Norte, y creando una fuente de conflictos muy clara entre ambos, o los costes se asumen proporcional o desproporcionadamente por el Norte, lo que implicaría necesariamente una reducción de su nivel de prosperidad. Además, se adopte la vía que se adopte, cualquier acción seria sobre el entorno reducirá inevitablemente el margen de beneficio global (pese a que la gestión del entorno se convierta en sí misma en una fuente de acumulación de capital). Dada esta segunda consideración, y dado el contexto de competencia aguda entre el condominio Japón-Estados Unidos y la UE, cabe esperar una considerable dosis de engaño y por tanto de ineficacia en el proceso de regeneración, en cuyo caso volveremos a encontrarnos con los panoramas primero y segundo.
La sexta diferencia estará en la aproximación a dos asíntotas de las tendencias permanentes del sistema-mundo: expansión geográfica y desruralización. La economía-mundo capitalista se había extendido ya prácticamente a la totalidad del globo hacia 1900, aunque en aquel entonces afectara principalmente al sistema interestatal. Más tarde afectó intensamente a las redes de producción de bienes de consumo, en el período 1945-1967/73. En la actualidad, tanto uno como otras están plenamente globalizadas. La economía-mundo capitalista ha experimentado igualmente un proceso de desruralización (llamado a veces, con menos exactitud, de proletarización) durante cuatrocientos años, con velocidad creciente en los últimos doscientos. Los años 1945-1967/73 contemplaron un salto espectacular en ese proceso, quedando Europa Occidental, Norteamérica y Japón plenamente desruralizados, y el Sur parcial pero significativamente. Es probable que este proceso se complete en el período 2000-2025.
La capacidad de la economía-mundo capitalista de expandirse a nuevas zonas geográficas ha constituido históricamente un elemento crucial en el mantenimiento de la tasa de ganancia y por tanto de la acumulación de capital, contrarrestando el progresivo aumento de los costes salariales generado por el crecimiento combinado del poder, tanto político como en el lugar de trabajo, de las clases trabajadoras. Si ya no hay nuevas capas de trabajadores sin la capacidad política o sindical de aumentar la parte del excedente a su disposición, el resultado será el mismo tipo de contracción en la acumulación de capital que la derivada del agotamiento de los recursos ecológicos. Una vez que se alcanzan los límites geográficos y la población se desruraliza, las dificultades suscitadas por el proceso político de reducción de costes se hacen tan grandes que no se pueden conseguir ahorros reales. Los costes reales de producción tienen que aumentar globalmente, y por tanto descenderán los beneficios.
Hay una séptima diferencia entre la próxima fase A y la última; tiene que ver con la estructura social y el clima político en los países del Sur. Desde 1945, la proporción de las capas medias en el Sur ha crecido significativamente, lo que no era difícil, ya que hasta entonces era extraordinariamente baja. Si entonces iba del cinco al diez por ciento de la población, ese porcentaje ya se ha duplicado, y dado el incremento de la población, la cantidad absoluta se ha cuadriplicado o sextuplicado, lo que representa un grupo muy amplio. El coste del mantenimiento del nivel de consumo al que se sienten mínimamente acreedores será espectacularmente alto.
Además, esas capas medias, o cuadros locales, estaban en general muy ocupados con la "descolonización" en el período 1945-1967/73. Ésto era evidentemente cierto en los países del Sur que en 1945 eran colonias (la casi totalidad de África, el Sur y Sureste de Asia, el Caribe y otras áreas). Y era casi cierto para los que vivían en los países "semicoloniales" (China, parte de Oriente Próximo, Latinoamérica, Europa del Este), donde se mantenían varias formas de actividad "revolucionaria" comparable en tono psíquico a la descolonización. No es necesario evaluar aquí la calidad del significado existencial de todos esos movimientos: Consumieron las energías de gran cantidad de gente, especialmente de las capas medias. Y esa gente estaba llena de optimismo político, que adoptaba una forma particular, resumida en el contundente consejo de Kwame Nkrumah: "Haceos primero con el reino de la política, y el resto se os dará por añadidura". Éso significaba en la práctica que las capas medias del Sur (y las capas medias potenciales) estaban dispuestas a ser bastante pacientes en lo que se refiere a su estatus económico: se sentían seguras de que si podían mantener el poder político durante un período de treinta años o así, ellos mismos o sus hijos acabarían por recibir la adecuada recompensa económica en el siguiente período de treinta años.
En el período 2000-2025, no sólo no habrá "descolonización" en la que ocupar a esos cuadros para mantener su optimismo, sino que su situación económica empeorará con seguridad, por las distintas razones antes aludidas (concentración en China/Rusia, crecimiento del número de cuadros en el Sur, esfuerzo mundial por recortar las clases medias). Algunos de ellos podrán escapar (es decir, emigrar) al Norte, pero éso sólo hará más amarga la situación de los que se vean obligados a quedarse.
La octava y en definitiva más seria diferencia entre la última y la próxima fase A de Kondratieff es puramente política: el ascenso de la democratización y el declive del liberalismo. Porque hay que recordar que democracia y liberalismo no van a la par, sino que son en gran medida opuestos. El liberalismo se inventó para contrarrestar las aspiraciones democráticas. El problema que hizo aparecer el liberalismo fue cómo contener a las clases peligrosas, primero en el centro, y luego en el sistema-mundo en su conjunto. La solución liberal consistió en garantizar un acceso limitado al poder político y en compartir parte de la plusvalía económica, a niveles que no amenazaran el proceso de acumulación incesante del capital o el sistema estatal que lo mantenía.
El tema básico del Estado liberal nacionalmente, y del sistema interestatal liberal a escala mundial era el reformismo racional, ante todo mediante el Estado. La fórmula del Estado liberal, tal como se desarrolló en los países del centro en el siglo XIX --sufragio universal más Estado del Bienestar-- funcionó maravillosamente. En el siglo XX se aplicó una fórmula parecida al sistema interestatal bajo la forma de la autodeterminación de las naciones y el desarrollo económico de los países subdesarrollados. Tropezó, sin embargo, con la incapacidad para crear un Estado del Bienestar a escala mundial (como pretendía, por ejemplo, la Comisión Brandt). Porque éso no podía hacerse sin afectar al proceso básico de acumulación del capital. La razón era bastante simple: La fórmula aplicada en los países del centro dependía para tener éxito de una variable oculta, la explotación económica del Sur, combinada con el racismo. A nivel mundial, sin embargo, esa variable oculta no existía, ni podía lógicamente existir (4).
Las consecuencias para el clima político son claras. Los años 1945-1967/73 constituyeron el apogeo del reformismo liberal global: descolonización, desarrollo económico, y sobre todo optimismo acerca del futuro, prevalecían en todas partes, Oeste, Este, Norte y Sur. Sin embargo, en la subsiguiente fase B de Kondratieff, una vez completada la descolonización, el esperado desarrollo económico se convirtió en la mayoría de las áreas en un recuerdo desvaído, y el optimismo se ha disuelto. Además, por las tres razones que ya he expuesto, no cabe esperar en casi ningún país del Sur un desarrollo económico sustancial en la próxima fase A, ni el despertar de nuevos optimismos.
Al mismo tiempo, la presión democratizadora ha crecido continuamente. La democracia significa básicamente una actitud igualitaria y antiautoritaria. Es la exigencia de iguales derechos en el proceso político a todos los niveles y de igual participación en en los beneficios del sistema socioeconómico. El mayor obstáculo frente a ese impulso ha sido el liberalismo, con su promesa de inevitable mejora continua mediante reformas racionales. A la exigencia democrática de la igualdad ahora, el liberalismo respondía con una esperanza aplazada, enarbolada no sólo por la parte ilustrada (y más poderosa) del establishment mundial, sino también por los movimientos antisistémicos tradicionales (la "Vieja Izquierda"). El pilar que sustentaba al liberalismo era la esperanza que ofrecía. Cuando ese sueño se marchita, la ideología liberal se colapsa, y las clases peligrosas vuelven a serlo.
HACIA ÉSO, PUES, ES A LO QUE PARECE QUE NOS DIRIGIMOS EN LA PRÓXIMA FASE A, durante el período 2000-2025. Aunque parezca ser un período espectacularmente expansivo en ciertos aspectos, en otros será muy amargo. Por éso es por lo que espero poca paz, poca estabilidad, y poca legitimación. El resultado será la aparición del "caos", lo que significa simplemente la ampliación de las fluctuaciones en el sistema, con efecto acumulativo.
Creo que ocurrirán una serie de cosas, ninguna de las cuales constituye un fenómeno nuevo. Lo que puede ser diferente es la incapacidad para limitar su empuje y para retrotraer el sistema a algún tipo de equilibrio. La cuestión es: ¿Hasta qué punto prevalecerá esa falta de capacidad para limitar las fluctuaciones?
1) La capacidad de los Estados para mantener el orden interno disminuirá probablemente. El grado de orden interno siempre está fluctuando, y las fases B acostumbran a ser momentos de dificultad; pero para el sistema en su conjunto, durante cuatrocientos o quinientos años, el orden interno ha ido creciendo constantemente. Podemos denominar a ése fenómeno ascenso de la "estatidad".
Evidentemente, durante los últimos cien años, las estructuras imperialistas en el seno de la economía-mundo capitalista (Gran Bretaña, Austria-Hungría, y más recientemente la U.R.S.S./Rusia) se han desintegrado. Pero el asunto a destacar es más bien las construcción histórica de Estados que constituyeron en ciudadanos a todos cuantos habitaban en el interior de sus fronteras. Así sucedió con la Gran Bretaña metropolitana y Francia, los Estados Unidos y Finlandia, Brasil e India. Y lo mismo puede decirse de Líbano, Somalia, Yugoslavia y Checoslovaquia. La ruptura o colapso de estos últimos es muy diferente de la acontecida en los "imperios".
Se puede relativizar la ruptura de la estatidad en las zonas periféricas como esperable o geopolíticamente insignificante. Pero en todo caso va contra la tendencia permanente, y la ruptura del orden en muchos Estados crea una seria tensión en el funcionamiento del sistema interestatal. Sin embargo, lo más amenazador es la perspectiva del debilitamiento de la estatidad en las zonas del centro. Y el hundimiento del compromiso institucional liberal, que he señalado como algo que ya está ocurriendo, va en ese sentido. Los Estados se ven confrontados a exigencias de seguridad y bienestar que son políticamente incapaces de satisfacer. El resultado es una continua privatización de la seguridad y el bienestar, que nos aparta de las dirección en que nos veníamos moviendo en los últimos quinientos años.
2) El sistema interestatal también se ha venido haciendo más estructurado y regulado durante varios siglos, desde la paz de Westfalia hasta la ONU, pasando por la Sociedad de Naciones y similares. Se daba el supuesto tácito de que caminábamos hacia un gobierno mundial funcional. En un momento de euforia, Bush proclamó la inminencia de un "nuevo orden mundial", que encontró sin embargo una acogida escéptica. La amenaza a la "estatidad" y la desaparición del optimismo reformista han sacudido un sistema interestatal cuyos cimientos siempre fueron relativamente débiles.
La proliferación nuclear es ya inevitable, y será rápida, como lo será el crecimiento de la emigración Sur-Norte. De por sí, eso no tendría por qué ser catastrófico. Las potencias de tipo medio no tienen por qué ser menos "dignas de confianza" que las grandes. De hecho, podría generarse más prudencia al crecer el miedo a las represalias. En cualquier caso, en la medida en que declina la estatidad y avanza la tecnología, la escalada progresiva de guerras nucleares locales puede resultar difícil de contener.
Conforme retrocede la ideología como explicación para los conflictos interestatales, la "neutralidad" de unas Naciones Unidas débilmente confederales se hace más y más sospechosa. La capacidad de la ONU parta "mantener la paz", siendo ya muy limitada, puede disminuir más que aumentar en esa atmósfera. La demanda de "injerencia humanitaria" puede llegar a ser vista como la versión de finales del siglo XX del imperialismo occidental anterior, que también aducía justificaciones civilizatorias. Podría haber secesiones, múltiples, de las estructuras nominalmente universales (siguiendo la línea que Corea del Norte ha adoptado frente a la IAEA), así como puede producirse la construcción de organismos rivales; es algo que no puede descartarse.
3) Si los Estados (y el sistema interestatal) llegan a considerarse ineficaces, ¿a quién se dirigirá la gente en busca de protección? La respuesta comienza a estar clara: a los "grupos". Éstos pueden portar etiquetas diversas: étnicas, religiosas, lingüísticas, de género o preferencia sexual, "minorías" u otras caracterizaciones. Tampoco ésto es nada nuevo. Lo nuevo es el grado en que tales grupos son considerados como una alternativa a la ciudadanía y participación en un Estado que por definición aloja a muchos grupos (aunque desigualmente escalonados).
Es cuestión de confiianza. ¿En quién confiaremos en un mundo desordenado, en un mundo de mayor incertidumbre y disparidad económica, en un mundo en el que el futuro no está en absoluto garantizado? Hasta ahora, la gente respondía: en los Estados. Éso es lo que llamamos legitimación, si no de los Estados existentes hasta el presente, al menos de los Estados que esperábamos crear en el próximo futuro. Los Estados tenían una imagen expansiva, en desarrollo; los grupos tienen por el contrario una imagen defensiva, atemorizada.
Al mismo tiempo (y ahí está precisamente el quid de la cuestión), esos mismos grupos son también el producto del fenómeno de la democratización, de la sensación de que los Estados han fracasado porque la reforma liberal era un espejismo, ya que el "universalismo" de los Estados implicaba en la práctica el olvido o la represión de las capas más débiles. Así pues, los grupos son producto no sólo del miedo intensificado y de la desilusión, sino también del ascenso de una conciencia igualitaria, y constituyen por tanto un lugar de encuentro muy prometedor. Es difícil de creer que su papel político pueda disminuir en el próximo futuro. Pero dada su estructrura contradictoria (igualitaria pero introvertida), la amplificación de su papel puede ser enormemente caótica.
4) ¿Cómo frenar entonces la extensión de las guerras Sur-Sur, y de los conflictos minoría-minoría en el Norte, que no son sino una derivación de ese "grupismo"? ¿Y quién goza de la posición moral, o militar, desde la que mediar? ¿Quién está dispuesto a invertir sus recursos en ello, especialmente si se confirma la perspectiva de una confrontación intensificada y más o menos equilibrada Norte-Norte (Japón/Norteamérica frente a la UE)? Puede que se hagan algunos esfuerzos aquí y allá. Pero en general el mundo permanecerá impasible, como sucedió en la guerra Irán-Iraq, o en la antigua Yugoslavia, o en el Cáucaso, o en los ghettos de los Estados Unidos. Ésto puede ser cada vez más cierto en la medida en que proliferen los conflictos Sur-Sur.
Y lo que es aún más serio, ¿quién limitará las pequeñas guerras Norte-Sur, no sólo iniciadas, sino deliberadamente iniciadas, no por el Norte sino por el Sur, como parte de una estrategia a largo plazo de confrontación militar? La Guerra del Golfo fue el comienzo, no el final, de ese proceso. Los Estados Unidos ganaron la guierra, se dice. ¿Pero a qué precio? ¿Al de exhibir su dependencia financiera con respecto a otros países incluso para guerras pequeñas? ¿Al precio de tener que plantearse un objetivo muy limitado, muy alejado de la rendición incondicional? ¿Al precio de someter al Pentágono a una discusión sobre la futura estrategia militar de "ganar, aguantar, ganar"?
El presidente Bush y los militares norteamericanos apostaron a que podían lograr su limitada victoria sin sufir un elevado coste (en vidas o en dinero). La apuesta funcionó, pero puede que el Pentágono se tiente la ropa antes de repetirla. Una vez más, es difícil que los Estados Unidos, o incluso la fuerza combinada de los ejércitos del Norte, puedan hacer frente a varias "crisis" como la Guerra del Golfo al msmo tiempo. Y dado el modelo de economía-mundo y de estructura social a escala mundial que considero probable para el período 2000-2025, ¿quién se atrevería a asegurar que tales múltiples y simultáneas "crisis" del Golfo no sucederán?
5) Hay un último factor de caos que no deberíamos subestimar, el de una nueva Peste Negra. La etiología del SIDA sigue siendo objeto de intensa controversia. No importa, ya que en cualquier caso ha desencadenado un proceso, al aparecer un nuevo y mortal Bacilo de la Tuberculosis, cuya propagación parece incontrolable. ¿Qué sucederá ahora? La propagación de esa enfermedad no sólo invierte un patrón de larga duración en la economía-mundo capitalista (paralelamente a la inversión del modelo de crecimiento de la estatidad y de fortalecimiento del sistema interestatal), sino que también contribuye a una quiebra más profunda de la estatidad tanto por sumarse a las cargas de la maquinaria estatal, como por estimular una atmósfera de intolerancia mutua. Esa quiebra alimenta a su vez la proliferación de nuevas enfermedades.
El asunto clave a comprender es que no se puede predecir qué variable se verá más afectada por la difusión de nuevas pandemias, que reducen el número de consumidores de alimentos, pero también el de productores; reducen el número de inmigrantes potenciales, pero aumenta la escasez de puestos de trabajo y la necesidad de emigrar. En cada caso, ¿qué variable prevalecerá?. No podremos saberlo hasta que haya pasado. Éste es simplemente un ejemplo más de la indeterminación del resultado de una cadena de bifurcaciones.
ÉSTE ES PUES ES EL PANORAMA DE LA SEGUNDA FASE que señalaba al principio, el de la entrada en un período de caos. Habrá una tercera fase después, la del nuevo orden resultante. Podemos ser más breves al respecto puesto que es extremadamente incierto. Una situación caótica es, pese a la aparente paradoja, la más sensible a la intervención humana deliberada. Durante los períodos de caos, a diferencia de lo que sucede en los de relativo orden, es cuando la intervención humana resulta decisiva.
¿Hay participantes potenciales con una visión sistémica, constructiva? Yo los veo de dos tipos. Por un lado, están los visionarios de la jerarquía y el privilegio restaurados, los mantenedores de la eterna llama de la aristocracia. Personas individualmente poderosas, sin necesidad de estructuras colectivas (el "comité ejecutivo de la clase dominante" nunca ha mantenido una reunión), actúan durante las crisis sistémicas (si no conjuntamente, en tándem) porque perciben que todo está fuera de control. En tales circunstancias, se basan en los principios de Lampedusa: "Cambiar todo para que todo siga igual". Es difícil adivinar qué inventarán y ofrecerán al mundo, pero confío en su inteligencia y perspicacia. Ofrecerán algún nuevo sistema histórico, y podrían ser capaces de empujar al mundo en esa dirección.
Frente a ellos se sitúan los visionarios de la democracia/igualdad (dos conceptos que creo inseparables). En el período 1789-1989 surgieron bajo la forma de movimientos antisistémicos (las tres variantes de "Vieja Izquierda"), y su historia organizativa fue la de un gigantesco éxito táctico y un igualmente gigantesco fracaso estratégico. A largo plazo, esos movimientos sirvieron más para apuntalar el sistema que para derribarlo.
La cuestión es si surgirá una nueva familia de movimientos antisistémicos, con una nueva estrategia, suficientemente fuerte y flexible como para conseguir un impacto en el período 2000-2025, tal que el resultado no sea lampedusiano. Puede que no surjan, que no sobrevivan, o que sean lo bastante hábiles como para ganar la partida.
Tras la bifurcación, digamos en el 2050 o el 2075, sólo podemos estar seguros de unas cuantas cosas. Ya no viviremos en una economía-mundo capitalista, sino en un nuevo orden o en varios, en un nuevo sistema histórico o en varios. Y probablemente volveremos a conocer cierta paz, estabilidad y legitimación. ¿Pero será una paz, estabilidad y legitimación mejor que la que hemos conocido hasta ahora, o peor? Éso no podemos saberlo, pero depende de nosotros.
Publicado como segundo artículo del libro AFTER LIBERALISM, The New Press, New York, 1995
NOTAS
(2) Cada uno de los puntos aquí resumidos brevemente ha sido elaborado con mayor extensión en muchos ensayos y artículos escritos en los pasados quince años, de los que puede encontrarse una colección bastante representativa en Geopolitics and Geoculture: Essays in a Changing World-System (Cambridge University Press, 1991).
(3) Ver, entre otros, W. Brian Arthur, "Competing Technologies, Increasing Returns, and Lock-in by Historical Events", Economic Journal, XLIX, nº 394 (Marzo 1989), 116-131, y W. Brian Arthur, Yu. M. Ermoliev y M. Kaniovski, "Path-Dependent Processes and the Emergence of Macro-Structure", European Journal of Operations Research XXX (1987), 292-303.
(4) Una exposición más detallada de ese esfuerzo y su fracaso puede encontrarse en otros dos ensayos de esta misma colección (After Liberalism): "The Concept of National Development, 1917-1989: Elegy and Requiem" y "The Collapse of Liberalism".